Sunday, 23 February 2014

Sexagesima A.D. 2014

On 23 February 2014, Sexagesima Sunday, the Holy Sacrifice of the Mass was celebrated at the Parish of the Holy Family in the Diocese of Cubao. Assisting were members of the Societas Ecclesia Dei Sancti Ioseph – Una Voce Philippines.


At the aspersion.


During the Mass



At the Consecration.



Ut in omnibus laudetur Dominus.

All photos © Ian Joseph Riñón

Wednesday, 19 February 2014

Moda, traditio atque juventus in memibus

Fashion, tradition and the youth in memes



But, wait!


So





One with the alter Christus are the young faithful of Christ





Meanwhile,


[Translation:

Overheard at the hacienda

Don Mauricio: Doña Angélica, I thought it was a ‘carnival’? How come it is now a ‘fashion show’?

Doña Angélica: Facundo (her henchman), fathom the issue for Don Mauricio! Now!]

Well, what can we say,



Images from the Internet, principally Orbis Catholicus Secundus

Photos and ideas © Maurice Joseph M. Almadrones, Ronald Rae M. Yu, Gerald Emmanuel S. Ceñir, Carlo Oliver M. Olayta, Weldann Lester A. Panganiban, Juhnar Anicetus C. Esmeralda, et al.

Tuesday, 18 February 2014

Spes Ecclesiae juventus

En inglés

La juventud es la esperanza de la Iglesia.



Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem meam.

El sábado, día 7 de julio de 2007, Su Santidad Benito XVI Papa emérito, emitió la Carta Apostólica Summorum Pontificum. Sabemos lo que contiene (aunque mucha gente intenta educarnos en lo contrario, esperando que pudiéramos gestionarnos contra su espíritu), pues sólo citamos que
“es lícito celebrar el Santo Sacrificio de la Misa conforme a la edición típica del Misal Romano promulgada por el Beato Juan XXIII en 1962 y nunca derogada.”

Aprendemos el ímpetu de esta clarificación benedictina en donde Su Santidad indicó que
“en algunas regiones, no un poco de fieles se adhirieron y siguen adherirse con tanto amor y afecto a las antiguas formas litúrgicas, que tan profundamente enriquecían su cultura y espíritu.”

Que consistía esto “un poco de fieles” divulgó el Papa Benito XVI emérito en su carta que acompaña la Summorum Pontificum a los obispos del mundo:
“Enseguida después del Concilio Vaticano II se podía suponer que la petición del uso del Misal de 1962 se limitaría a la generación más anciana que había crecido con él, pero desde entonces se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía.”

Aniversario
Casi dos años después de la Summorum Pontificum, se formó un coro dentro del territorio de la Diócesis de Cubao con un carisma particular: cantar para “el Santo Sacrificio de la Misa conforme a la edición típica del Misal Romano promulgada por el Beato Juan XXIII en 1962 y nunca derogada.” [Este autor es uno de los pioneros del coro.] Se celebraba la misa diariamente en la Parroquia del Nuestro Señor de la Divina Misericordia en la vecindad de Sicatuna en la ciudad de Quezón, so los auspicios de la entonces Ecclesia Dei Society of Saint Joseph (hoy la Societas Ecclesia Dei Sancti Ioseph – Una Voce Filipinas). La cifra media de la edad de coro, que se asignó en Sikatuna Cantata, al fundarse el 14 de febrero de 2009 era 19.

Cinco años después, una traslación a la Parroquia de la Sagrada Familia, una abdicación papal, y un cambio de nombre a Cappella Gregoriana Sanctae Caeciliae olim Xicatunensis, el coro aún canta para la misa latina tradicional, constante en número en cualquier domingo, prueba que mientras el mundo era contento con su rotación, una semilla enterrada ha crecido lento mas seguramente.






El aumento no solamente se mide por número o tamaño. La firmeza y la devoción, aquellas manifestaciones inmensurables de la virtud de la fe, son mismísimas un punto de referencia tocante al crecimiento.


¿Qué nos enseñan estas fotos, jóvenes y viejos sin distinción? Primero, nos enseñan la verdad de la divulgación benedictina: que la vetusta disciplina litúrgica también atrajo y sigue atrayendo a la juventud. Segundo, debe nos dar cuenta que la percepción de cosas sagradas y santas, sobre todo de las cuyos orígenes podemos establecer sin lugar a duda desde la antigüedad, solamente no es la preocupación que atañe a los ancianos, los arrugados, los encorvados, los en el ocaso de la vida, y aquella clase de personas a quienes la juventud, conforme al código inmemorial de la galantería, debe ceder sus asientos en los modos públicos de transporte. Tercero, una paradoja: “Belleza siempre antigua mas siempre nueva.”

Protestas
El autor no se ostenta por sabelotodo de moda, especialmente en la manera que se usa y se abusa en el mundo del bien arreglo. Es una disciplina voluble donde su misma fundación no más es normativa. (¿La cutis es el nuevo pelaje, quizás?) Es momentánea y transitoria, rozando las pequeñísimas propensiones de la humanidad, explorando ideas que poco a poco se vuelven a ser su propiodeshacer, y gozándose en materiales que los años de la historia humana estimaron más apropiados en el estómago que en la piel. Muchos la encuentran espiritual y sí de hecho la adoran, mas sabemos que una estructura hueca y vacía, porque al hombre sirve. Homo gratia hominis.

¿Sea profunda, tal vez? Verdad, profundamente vacía.

Entre la juventud que hace esta generación actual de católicos son los que rechazan esta misma cultura de vacío, una cultura que fuerza al juicio, pidiéndolo imaginarse en que una malla prismática hecha de metal puede y debe llevarse el lugar y función de un bloque sólido de mármol. Estas personas jóvenes son las que luchan por anclarse en la sabiduría perenne de la Iglesia, un alivio en este mundo de paradigmas mudables. Una casa construida sobre piedra, después de todo, el Señor nos enseña, cuando golpeada por tempestad e inundación no cae, porque fue fundada sobre piedra.

[Imaginaos en una manera de sentir derrumbándose al mismo momento que se erige debido a la simple capitulación de sus fundadores a un capricho enemigo.]



Es por eso perjudicial e injusto echar estas personas jóvenes al mismo nido de víboras de que fielmente han huido. En lo pasado, han encantadoramente descrito la adhesión de nuestros mayores a su antigua disciplina como nostalgia, equivocándose en no entender que quizá aquella nostalgia es el grito más íntimo del alma para la santidad no sólo por sí mismo sino también para las cosas que el cuerpo percibe. Los que odian palabras profundas incomprensibles al oído moderno no gozan en otra opción que utilizar la encaprichada expresión morriña en lugar de nostalgia. Y aquí contemplamos un poco de sabiduría: ¿Acaso nuestros mayores fueron distanciados y desterrados de su casa espiritual que hoy suplicantes piden ser repatriados?



La juventud no puede ser plenamente inculpada de nostalgia como, conforme a la definición de juventud, fue nacida después de la derogación funcional de la disciplina nunca derogada. Pues ahora se han apropiado una nueva expresión a denotar nuestra adicción. Muchos han llegado a la Tradición en busca de estabilidad, de solemnidad, de belleza tras lo ordinario, todo conduciendo últimamente a una comunión más profunda con Dios. Vemos aquí lo que una vez empapó el culto que santificaba a muchas almas en la Iglesia, un principio puesto junto a la noción de su cuñado común: el sentido de lo sagrado. “Lo que para las generaciones anteriores,” por lo tanto, escribió el Papa Benito, “era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser  improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial.”

A apodar la adhesión de la juventud a la misa antigua como una moda es perjudicial en al menos dos niveles: Primero, parece poner sobre la juventud el pecado de blasfemia. Si la juventud asistiese a la misa antigua sólo sea porque lleva el calificador ‘antigua’, que sería en consonancia a la mentalidad de novedad, o sea porque muchos demás acuden a ella, que sería en consonancia a la mentalidad de tendencia, entonces han ignorado el sacrificio en la Cruz incruentamente renovado en la misa. Cosa terrible, ¿no?, insinuar que la mayoría de la juventud a quien la Iglesia fija su atención ha totalmente abandonado el ejercicio inalienable de pensar. (Pleno conocimiento es un criterio del pecado mortal, ¿no?) Cosa impía entonces, ¿no?, pesar la juventud, en su jornada a la perfección predicada por los santos rotulados en casi todo el martirologio romano, en comentar a lo largo de estas líneas: lo que la juventud hace con la Tradición a la lex orandi es lo que la imitación hace a la alta costura: establecer una moda inferior a la original, y por lo tanto repugnante.

[Ellos acaso estuviesen cómoda si toda la juventud bajo su cura espiritual vive conforme a la parábola del hijo pródigo: abandonar la santidad personal y vivir la vida despreocupada, desatender los preceptos de la institución para que esquivar atraer la atención de sus centinelas, y luego regresar a ella, machucado, moribundo, mortecino. Conversiones en el lecho de muerto han sido en boga desde la época de Constantino, nos dicen. Es un peligroso pensamiento, un que un católico serio debe arrojar al olvido. Pero a muchos jóvenes católicos, mal educados en la disciplina de la Iglesia, que, habiendo recibido una instrucción igualmente tétrica en la sana moral de la Fe, que no tienen cualquier ciencia de sus pasiones y los pecados que los ocasionan, todos son una opción viable. ¿Qué pudiera impedirlos a sublevarse contra la Iglesia universal si ya se han rebelado contra la iglesia doméstica? No, rechazamos este destino. Es tanto mucho para nosotros, ¿verdad?, andar en el sendero más difícil a la santidad, lo cual los que nos suponemos que lo hagan deben refrendar como lo que hicieron sus predecesores, para que debiéramos en su vez ser escarnecidos con paciencia y tolerancia, así como no hemos cumplido un mandato.]



Segundo, objetiva la misa. Disminuye al sacrificio a ese abalorio definitivo que una chiquita de catorce años coloca estratégicamente entre sus brazaletes, cosa que trae como modo de reivindicar su identidad ante aquella etapa llamada el mundo real. Entreteje la misa a aquel espectro de cosas que apacigua los anhelos grandiosos pero transeúntes de la humanidad. No fue instituida la misa para sosegar a la humanidad; fue instituido para rendir culto a la Santísima Trinidad. No la consideramos como un trofeo a blandir al mundo, para que recordar a una generación apenada la nuestra adhesión a los humos y toques, ¡no! De hecho, nunca prendemos atención a nosotros tocante a nuestra adhesión a la misa antigua. Muchas veces, acabamos a darnos cuenta (y recordarnos) que nuestra cohorte de edad es la mayor representación en cada misa de domingo, cuando un misa asistente perspicaz empieza contar, o el preste declara su alegría dentro del sermón a ver tantos rostros juveniles en la congregación.

¡No! Adherir a la misa antigua para que podemos crear en nuestros alrededores un culto de suave genialidad a la envidia de nuestros compañeros coetáneos no es aún posible ¡en un mundo que desdeña a la mantilla y glorifica a la minifalda! No estamos halagados, pues no es un caso semejante a la piedra de tropiezo que se volvió en piedra angular: el mismo némesis de la moda de hoy volviéndose en su trofeo pulidito.

[Por supuesto, hay los entre nosotros que, en su incapacidad de penetrar adentro la tesorería de la Tradición, han acabado conseguir sólo una leve ciencia de que reposa tras la cofre y más de que laquea la cofre, y desde entonces se han convertido en ávidos a los externos, hasta el punto de forjar para sí cada explicación absurda imaginable para que convalidar su acto de vestirse en el indumentario reservado a los ordenados. Es una aflicción patológica en su lado, que desafortunadamente reverbera a través de la entera clasificación de edad. Uno debe solamente parafrasear las palabras sagaces del Venerable Fulton John Sheen: Juzgadnos no por las acciones de los que se conducen así en desafío a los cánones y costumbres existentes. La humildad se halla entre las numerosas virtudes que nuestra adhesión a la misa antigua nos ha devuelto, un remedio para la soberbia que oscila poderosamente en nuestras mentes desenjaezadas: la humildad en reconocer que la misa no pertenece a nadie ni a este mundo ni a ningún criado; la humildad en someternos a la disciplina antigua del culto que dio forma a la sociedad de hogaño.]


La tradición no es un modo de manifestar el deseo de ser diferente. Es la armadura segura que nosotros la juventud nos llevamos en la pugna para la perfección, lidiada por innumerables santos que fueron ante nos.

Pensamientos últimos
Nosotros, las mentes tiernas que somos, a veces nos encontramos acusando la generación ante nosotros de no poderse capaz de entendernos (sólo para languidecer como ella con respecto a la que nos sigue). No se esfuerzan en oírnos, en entender nuestras necesidades, susurramos entre nosotros. Acaso podemos este tiempo de nuevo invocar la que mucha gente considera inmadurez. ¿Acaso no nos entienden después de todo? ¿Acaso sólo sobre nosotros se han equivocado? ¿Acaso no somos ese tumor benigno lo que esperan entrar en metástasis antes comenzasen la quimioterapia? Si nos dejamos ser arrebatado en nuestra lamentación, podemos apropiarnos lo que San Juan dijo del Señor: “Y el mundo no lo conoció.” Y cuando el humor se ha desenvuelto, y nos hemos serenado y reasegurado a nosotros, decimos: “Orad. Solamente orad.”



Debemos saber que además de las pasiones residiendo en los lomos, estamos en gran peligro del vicio de soberbia. Entendimos que nuestros mayores no pudieran ser más dignos de acusarnos de soberbia y narcisismo. La juventud filipina se ha recientemente conducido adicta a este principio, siendo criada en el régimen gastronómico de tres raciones de morisqueta y la doctrina rizalina que la juventud es la esperanza de la nación. A la Iglesia, cada nueva generación es una zancada a la eternidad, la juventud una fuerza emergente, una nueva Pentecostés aún. No somos destinados a la grandeza pues el mundo la ha cambiado su significación esclavizándose a los principios malvados repugnantes a Dios y a su Iglesia. Mas sostenemos una misión que sobrepasa el tiempo y el espacio: la transmisión de la Tradición que ha alcanzado para la Iglesia triunfante mayor gloria en el cielo, para la Iglesia militante guerreros asiduos en la tierra, y para la Iglesia paciente respiro espiritual en el purgatorio.



Sin soberbia ni orgullo, la juventud es la esperanza de la Iglesia, especialmente de su patrimonio inmenso. Déjalos lapidarnos con estiércol, reírse en la inutilidad del idealismo en la clandestinidad de sus aposentos aún, con tal de que nosotros nos mismos seguimos con esperanza, atentos, en la mente de aquel himno hermoso navideño Flos de RadiceJesse, a que la misa antigua atrae a los fieles,los sanos e insanos, los confesados e inconfesados, los jóvenes y viejos, los adinerados y necesitados, con su solemnidad, en que Cristo, quien él mismo se inmola en el sacrificio, imbuye los fieles con su amor divino.



Ut in omnibus laudetur Dominus.

Fotos © Maurice Joseph M. Almadrones, Gerald Emmanuel S. Ceñis, y demás.


[El autor, hoy 24 años de edad, por primera vez asistió en la misa tradicional el 19 de octubre de 2008, domingo vigesimocuarto después de Pentecostés, en la Parroquia del Nuestro Señor de la Divina Misericordia, y la ha asistido en ella desde entonces, uniéndose al coro al fundarse.]

Monday, 17 February 2014

Spes Ecclesiae juventus

In Spanish

The youth is the hope of the Church.



Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem meam.

On Saturday, 7 July 2007, His Holiness Benedict XVI, Pope emeritus, issued the Apostolic Letter Summorum Pontificum. We know what it contains (although many people try to educate us otherwise, in the hopes that we might conduct ourselves contrary to its spirit), so we simply quote that
“it is lawful to celebrate the Holy Sacrifice of the Mass according to the typical edition of the Roman Missal promulgated by Blessed John XXIII in 1962 and never abrogated.”
We learn of the impetus of this Benedictine clarification where His Holiness pointed out that
“in some regions, no small numbers of faithful adhered and continue to adhere with great love and affection to the earlier liturgical forms, which had so deeply marked their culture and their spirit.”
What consisted these “small numbers of faithful” Pope Benedict XVI emeritus discloses in his accompanying letter to the bishops of the world:
“Immediately after the Second Vatican Council it was presumed that requests for the use of the 1962 Missal would be limited to the older generation which had grown up with it, but in the meantime it has clearly been demonstrated that young persons too have discovered this liturgical form, felt its attraction and found in it a form of encounter with the Mystery of the Most Holy Eucharist, particularly suited to them.

Anniversary
Almost two years after Summorum Pontificum, a choir was formed within the territory of the Diocese of Cubao with a singular charism: singing for “the Holy Sacrifice of the Mass according to the typical edition of the Roman Missal promulgated by Blessed John XXIII in 1962 and never abrogated.” [This author is one of the pioneers of that choir.] The Mass was celebrated daily in the Parish of Our Lord of the Divine Mercy in Sikatuna Village in Quezon City, under the auspices of the then Ecclesia Dei Society of Saint Joseph (now the Societas Ecclesia Dei Sancti Ioseph – Una Voce Philippines). The mean age of the choir, which appointed itself as the Sikatuna Cantata, at its foundation on 14 February 2009 was roughly 19.

Five years later, a transfer to the Parish of the Holy Family, a papal abdication, and a change of name to Cappella Gregoriana Sanctae Caeciliae olim Xicatunensis, the choir still sings for the Traditional Latin Mass, stable in number on any given Sunday, proof that while the world was content with its motion, a seed planted has grown slowly but surely.






Growth is never measured alone by number or size. Steadfastness and devotion, those immeasurable manifestations of the virtue of faith, are themselves a benchmark of growth.


What do these photos teach us, youth and aged alike? First, it teaches us the truth of the Benedictine disclosure: that the former liturgical discipline also attracted and continue to attract young persons. Second, it must strike us that the perception of things sacred and holy, especially those whose provenance we can establish without doubt from antiquity, is never solely the business of the ancient, the shrivelled, the stooped, the crepuscular, and those kinds of people to whom the youth, according to the immemorial code of gallantry, must defer their seats in public transport. Third, a paradox: “Beauty ever ancient yet always new.”

Protestations
This author presumes no formal knowledge of fashion, especially in the way it is used and abused in the world of grooming. It is a fickle discipline where its very foundation is no longer normative. (Skin is the new fur, perhaps?) It is momentary and transient, tickling the slightest proclivities of humankind, exploring ideas that are increasingly becoming their own unmaking, and regaling in materials that years of human history deemed more fit in the stomach than on the skin. Many find this spiritual and actually worship it, but we know that it is a hollow and empty structure, for it serves man. Homo gratia hominis.

Profound, perhaps? Yes, profoundly empty.

Amongst the youth that make up this present generation of Catholics are those that repudiate this very culture of emptiness, a culture that strains the mind by asking it to imagine that a prismatic mesh of metal can and ought to take the place and function of a solid block of marble. These are the young persons who struggle to anchor themselves in the perennial wisdom of the Church, a solace in this world of shifting paradigms. A house built upon a rock, after all, the Lord teaches us, when pummelled by tempest and flood falls not, for it was founded on rock.

[Imagine a school of thought collapsing at the same moment it is being erected owing to the mere capitulation of its founders to a contradictory whim.]


It is, therefore, hurtful and unjust to pitch these young persons into the very pit of vipers they have so faithfully avoided. In the past, they have charmingly described the attachment of our elders to their olden discipline as nostalgia, failing to understand that perhaps that nostalgia is the innermost scream of the soul for holiness not only for itself but also for the things that the body perceives. Those who hate deep words incomprehensible to the modern ear have no choice but to use the fancy term homesickness in place of nostalgia. And we contemplate here a bit of wisdom: Perhaps, our elders have been estranged and exiled from their spiritual home that they now suppliantly beg to be returned to it?


The youth can never be fully accused of nostalgia as, per definition of youth, they were born after the practical abrogation of the unabrogated discipline. So they have now made a new word to denote our addiction. Most have come to Tradition in their search for stability, for solemnity, for beauty beyond the ordinary, all leading ultimately to a deeper communion with God. We see here operating what once permeated the worship that sanctified many souls in the Church, a principle apposed to the notion of its common relative: the sense of the sacred. “What earlier generations,” therefore, wrote Pope Benedict, “held as sacred, remains sacred and great for us too, and it cannot be all of a sudden entirely forbidden or even considered harmful.”

To christen the attachment of the youth to the Old Mass as fashion is impaired on at least two levels. First, it seemingly places upon the youth the sin of blasphemy. If the youth attended the Old Mass simply because it carries the qualifier ‘Old,’ which would be consistent with the fad mentality, or simply because many are coming to it, which would be consistent with the trend mentality, then they would have overlooked the Sacrifice on the Cross bloodlessly re-enacted in the Mass. Is it not a terrible thing to suggest that most of the youth to whom the Church lavishes her attention have altogether given up the inalienable exercise of thinking? (Full knowledge is a criterion for mortal sin, right?) Is it not merciless then to weigh down the youth, in their journey to the perfection preached by the saints practically listed in the entire Roman Martyrology, by remarking along these lines: what the youth is doing with Tradition to the lex orandi is what imitation does to haute couture: establishing a trend inferior to the original, and therefore repugnant?

[Perhaps, they will be at ease if all the youth under their spiritual care live according to the parable of the prodigal son: abandon personal holiness and live a carefree life, ignore the precepts of the institution in order to avoid arresting the attention of its sentries, and then come back to it, bruised, dying, terminal. Deathbed conversions have been in vogue since the time of Constantine, they say. It is a dangerous thought, one that a serious Catholic must consign to oblivion. But to many Catholic teens, poorly educated in the discipline of the Church, who, having received an equally dismal instruction in the sound morals of the Faith, have no knowledge whatsoever of their passions and the sins they occasion, everything is a viable option. What would prevent them from rebelling against the universal Church if they had already rebelled against the domestic Church? No, we refuse this fate. Is it so much for us to pursue the harder course to sanctity, which course those whom we expect to should endorse as their predecessors have done, that we should be instead mocked by patience and tolerance, as if we have flouted an injunction?]


Second, it objectifies the Mass. It reduces the Sacrifice into that defining trinket which a fourteen-year-old strategically places amongst her bangles, something she dons as a manner of claiming her identity before that stage called the real world. It inserts the Mass into the spectrum of things that appeases the grandiose yet passing designs of mankind. The Mass was not instituted to appease mankind; it was instituted to render worship to the Blessed Trinity. We do not think of it as a trophy to brandish to the world, in order to remind a sorry generation of our gravitation towards the smells and the bells, no! In fact, we never call attention unto ourselves concerning our attachment to the Old Mass. Most of the time, we only notice (and are reminded) that our age cohort is the largest representative in each Sunday Mass, when an observant pewsitter begins to count, or when the priest expresses his joy during his sermon in seeing so many young faces in the congregation.

No! Adhering to the Old Mass in order to create around ourselves a cult of coolness to the envy of our peers is not even possible in a world that scorns the veil and glorifies the miniskirt! We are not flattered, for this is not a case akin to the stumbling block that became the cornerstone: the very nemesis of the fashion of today becoming its burnished trophy.

[Granted, there are those amongst us who, in their failure to penetrate into the treasury of Tradition, have ended up only with a slight knowledge of what lies beyond the coffer and more with what lacquers the coffer, and have since then become fixated with the externals, to the point of fashioning unto themselves every preposterous explanation imaginable in order to validate their vesting in the raiment reserved to the ordained. It is a pathological affliction on their part, which unfortunately seems to reverberate across the entire age classification. One must simply paraphrase the wise words of Venerable Fulton John Sheen: Judge us not by the actions of those who conduct themselves thus in defiance to existing canons and customs. Humility is amongst the many virtues that our attachment to the Old Mass has brought us, a cure to the pride that swings mightily in our unharnessed minds: humility in acknowledging that the Mass belongs not to this world or to any creature; humility in submitting ourselves to the ancient discipline of worship that shaped the society of today.]


Tradition is not an outlet for the desire to be different. It is the trusted armour we the youth wear as we march in the battle for perfection, fought by countless saints before us.

Final thoughts
We, young minds that we are, sometimes find ourselves accusing the generation before us of failing to understand us (only to pine like them with respect to the generation after us). They do not exert themselves into listening to us, understanding our needs, we murmur to ourselves. Perhaps, this time we can once again summon what many people think as immaturity. Perhaps, they do not understand us after all? Perhaps, they have simply misjudged us? Perhaps, we are not that benign tumour they are waiting to metastasise before they begin chemotherapy? If we get carried away in our moping, we might end up appropriating for ourselves what Saint John said of the Lord: “And the world knew Him not.” And when the flush is over, and we have gathered ourselves together and reassured ourselves, we say: “Pray. Just pray.”


We must know that besides those passions residing in the loins, we are in great danger of the vice of pride. We understand that our elders may not be above accusing us of pride and narcissism. The Filipino youth has recently become increasingly addicted to this principle, having been raised on a threefold diet of rice and the Rizaline doctrine that the youth is the hope of the nation. To the Church, each new generation is a stride to eternity, the youth an emergent force, a new Pentecost even. We are not destined for greatness because the world has long altered its definition along the service of wicked principles repugnant to God and the Church. But we carry a mission transcending time and space: the transmission of Tradition that has gained for the Church triumphant greater glory in heaven, the Church militant assiduous warriors on earth, and the Church suffering spiritual respite in purgatory.


Pride aside, the youth is the hope of the Church, most especially of her immense patrimony. Let them throw manure at us, laugh at the futility of idealism in the secrecy of their rooms even, as long as we, ourselves, persist with hope, mindful, in the mind of that beautiful Christmas hymn Flos de Radice Jesse, that the Old Mass attracts the faithful, the hale and the unhale, the shriven and the unshriven, the young and the old, the moneyed and the needy, with its solemnity, with the edifying scent of its incense, in which Christ, Who Himself offers the Sacrifice, imbues the faithful with His divine love.


Ut in omnibus laudetur Dominus.

Photos © Maurice Joseph M. Almadrones, Gerald Emmanuel S. Ceñir, and others.

[This author, now 24 years old, first attended the Traditional Latin Mass on 19 October 2008, Twenty-Fourth Sunday after Pentecost, at the Parish of Our Lord of the Divine Mercy, and has attended it ever since, joining the choir at its foundation.]

Sunday, 16 February 2014

Septuagesima A.D. 2014

On 16 February 2014, Septuagesima Sunday, Reverend Father Michell Joe B. Zerrudo celebrated Mass at the Parish of the Holy Family in the Diocese of Cubao. Assisting were members of the Societas Ecclesia Dei Sancti Ioseph – Una Voce Philippines.


From the start of the Mass until before the Consecration












At the Consecration



From the dismissal until the recessional.








Ut in omnibus laudetur Dominus.

All photos © Gerald Emmanuel S. Ceñir