Tuesday, 18 February 2014

Spes Ecclesiae juventus

En inglés

La juventud es la esperanza de la Iglesia.



Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat juventutem meam.

El sábado, día 7 de julio de 2007, Su Santidad Benito XVI Papa emérito, emitió la Carta Apostólica Summorum Pontificum. Sabemos lo que contiene (aunque mucha gente intenta educarnos en lo contrario, esperando que pudiéramos gestionarnos contra su espíritu), pues sólo citamos que
“es lícito celebrar el Santo Sacrificio de la Misa conforme a la edición típica del Misal Romano promulgada por el Beato Juan XXIII en 1962 y nunca derogada.”

Aprendemos el ímpetu de esta clarificación benedictina en donde Su Santidad indicó que
“en algunas regiones, no un poco de fieles se adhirieron y siguen adherirse con tanto amor y afecto a las antiguas formas litúrgicas, que tan profundamente enriquecían su cultura y espíritu.”

Que consistía esto “un poco de fieles” divulgó el Papa Benito XVI emérito en su carta que acompaña la Summorum Pontificum a los obispos del mundo:
“Enseguida después del Concilio Vaticano II se podía suponer que la petición del uso del Misal de 1962 se limitaría a la generación más anciana que había crecido con él, pero desde entonces se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía.”

Aniversario
Casi dos años después de la Summorum Pontificum, se formó un coro dentro del territorio de la Diócesis de Cubao con un carisma particular: cantar para “el Santo Sacrificio de la Misa conforme a la edición típica del Misal Romano promulgada por el Beato Juan XXIII en 1962 y nunca derogada.” [Este autor es uno de los pioneros del coro.] Se celebraba la misa diariamente en la Parroquia del Nuestro Señor de la Divina Misericordia en la vecindad de Sicatuna en la ciudad de Quezón, so los auspicios de la entonces Ecclesia Dei Society of Saint Joseph (hoy la Societas Ecclesia Dei Sancti Ioseph – Una Voce Filipinas). La cifra media de la edad de coro, que se asignó en Sikatuna Cantata, al fundarse el 14 de febrero de 2009 era 19.

Cinco años después, una traslación a la Parroquia de la Sagrada Familia, una abdicación papal, y un cambio de nombre a Cappella Gregoriana Sanctae Caeciliae olim Xicatunensis, el coro aún canta para la misa latina tradicional, constante en número en cualquier domingo, prueba que mientras el mundo era contento con su rotación, una semilla enterrada ha crecido lento mas seguramente.






El aumento no solamente se mide por número o tamaño. La firmeza y la devoción, aquellas manifestaciones inmensurables de la virtud de la fe, son mismísimas un punto de referencia tocante al crecimiento.


¿Qué nos enseñan estas fotos, jóvenes y viejos sin distinción? Primero, nos enseñan la verdad de la divulgación benedictina: que la vetusta disciplina litúrgica también atrajo y sigue atrayendo a la juventud. Segundo, debe nos dar cuenta que la percepción de cosas sagradas y santas, sobre todo de las cuyos orígenes podemos establecer sin lugar a duda desde la antigüedad, solamente no es la preocupación que atañe a los ancianos, los arrugados, los encorvados, los en el ocaso de la vida, y aquella clase de personas a quienes la juventud, conforme al código inmemorial de la galantería, debe ceder sus asientos en los modos públicos de transporte. Tercero, una paradoja: “Belleza siempre antigua mas siempre nueva.”

Protestas
El autor no se ostenta por sabelotodo de moda, especialmente en la manera que se usa y se abusa en el mundo del bien arreglo. Es una disciplina voluble donde su misma fundación no más es normativa. (¿La cutis es el nuevo pelaje, quizás?) Es momentánea y transitoria, rozando las pequeñísimas propensiones de la humanidad, explorando ideas que poco a poco se vuelven a ser su propiodeshacer, y gozándose en materiales que los años de la historia humana estimaron más apropiados en el estómago que en la piel. Muchos la encuentran espiritual y sí de hecho la adoran, mas sabemos que una estructura hueca y vacía, porque al hombre sirve. Homo gratia hominis.

¿Sea profunda, tal vez? Verdad, profundamente vacía.

Entre la juventud que hace esta generación actual de católicos son los que rechazan esta misma cultura de vacío, una cultura que fuerza al juicio, pidiéndolo imaginarse en que una malla prismática hecha de metal puede y debe llevarse el lugar y función de un bloque sólido de mármol. Estas personas jóvenes son las que luchan por anclarse en la sabiduría perenne de la Iglesia, un alivio en este mundo de paradigmas mudables. Una casa construida sobre piedra, después de todo, el Señor nos enseña, cuando golpeada por tempestad e inundación no cae, porque fue fundada sobre piedra.

[Imaginaos en una manera de sentir derrumbándose al mismo momento que se erige debido a la simple capitulación de sus fundadores a un capricho enemigo.]



Es por eso perjudicial e injusto echar estas personas jóvenes al mismo nido de víboras de que fielmente han huido. En lo pasado, han encantadoramente descrito la adhesión de nuestros mayores a su antigua disciplina como nostalgia, equivocándose en no entender que quizá aquella nostalgia es el grito más íntimo del alma para la santidad no sólo por sí mismo sino también para las cosas que el cuerpo percibe. Los que odian palabras profundas incomprensibles al oído moderno no gozan en otra opción que utilizar la encaprichada expresión morriña en lugar de nostalgia. Y aquí contemplamos un poco de sabiduría: ¿Acaso nuestros mayores fueron distanciados y desterrados de su casa espiritual que hoy suplicantes piden ser repatriados?



La juventud no puede ser plenamente inculpada de nostalgia como, conforme a la definición de juventud, fue nacida después de la derogación funcional de la disciplina nunca derogada. Pues ahora se han apropiado una nueva expresión a denotar nuestra adicción. Muchos han llegado a la Tradición en busca de estabilidad, de solemnidad, de belleza tras lo ordinario, todo conduciendo últimamente a una comunión más profunda con Dios. Vemos aquí lo que una vez empapó el culto que santificaba a muchas almas en la Iglesia, un principio puesto junto a la noción de su cuñado común: el sentido de lo sagrado. “Lo que para las generaciones anteriores,” por lo tanto, escribió el Papa Benito, “era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser  improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial.”

A apodar la adhesión de la juventud a la misa antigua como una moda es perjudicial en al menos dos niveles: Primero, parece poner sobre la juventud el pecado de blasfemia. Si la juventud asistiese a la misa antigua sólo sea porque lleva el calificador ‘antigua’, que sería en consonancia a la mentalidad de novedad, o sea porque muchos demás acuden a ella, que sería en consonancia a la mentalidad de tendencia, entonces han ignorado el sacrificio en la Cruz incruentamente renovado en la misa. Cosa terrible, ¿no?, insinuar que la mayoría de la juventud a quien la Iglesia fija su atención ha totalmente abandonado el ejercicio inalienable de pensar. (Pleno conocimiento es un criterio del pecado mortal, ¿no?) Cosa impía entonces, ¿no?, pesar la juventud, en su jornada a la perfección predicada por los santos rotulados en casi todo el martirologio romano, en comentar a lo largo de estas líneas: lo que la juventud hace con la Tradición a la lex orandi es lo que la imitación hace a la alta costura: establecer una moda inferior a la original, y por lo tanto repugnante.

[Ellos acaso estuviesen cómoda si toda la juventud bajo su cura espiritual vive conforme a la parábola del hijo pródigo: abandonar la santidad personal y vivir la vida despreocupada, desatender los preceptos de la institución para que esquivar atraer la atención de sus centinelas, y luego regresar a ella, machucado, moribundo, mortecino. Conversiones en el lecho de muerto han sido en boga desde la época de Constantino, nos dicen. Es un peligroso pensamiento, un que un católico serio debe arrojar al olvido. Pero a muchos jóvenes católicos, mal educados en la disciplina de la Iglesia, que, habiendo recibido una instrucción igualmente tétrica en la sana moral de la Fe, que no tienen cualquier ciencia de sus pasiones y los pecados que los ocasionan, todos son una opción viable. ¿Qué pudiera impedirlos a sublevarse contra la Iglesia universal si ya se han rebelado contra la iglesia doméstica? No, rechazamos este destino. Es tanto mucho para nosotros, ¿verdad?, andar en el sendero más difícil a la santidad, lo cual los que nos suponemos que lo hagan deben refrendar como lo que hicieron sus predecesores, para que debiéramos en su vez ser escarnecidos con paciencia y tolerancia, así como no hemos cumplido un mandato.]



Segundo, objetiva la misa. Disminuye al sacrificio a ese abalorio definitivo que una chiquita de catorce años coloca estratégicamente entre sus brazaletes, cosa que trae como modo de reivindicar su identidad ante aquella etapa llamada el mundo real. Entreteje la misa a aquel espectro de cosas que apacigua los anhelos grandiosos pero transeúntes de la humanidad. No fue instituida la misa para sosegar a la humanidad; fue instituido para rendir culto a la Santísima Trinidad. No la consideramos como un trofeo a blandir al mundo, para que recordar a una generación apenada la nuestra adhesión a los humos y toques, ¡no! De hecho, nunca prendemos atención a nosotros tocante a nuestra adhesión a la misa antigua. Muchas veces, acabamos a darnos cuenta (y recordarnos) que nuestra cohorte de edad es la mayor representación en cada misa de domingo, cuando un misa asistente perspicaz empieza contar, o el preste declara su alegría dentro del sermón a ver tantos rostros juveniles en la congregación.

¡No! Adherir a la misa antigua para que podemos crear en nuestros alrededores un culto de suave genialidad a la envidia de nuestros compañeros coetáneos no es aún posible ¡en un mundo que desdeña a la mantilla y glorifica a la minifalda! No estamos halagados, pues no es un caso semejante a la piedra de tropiezo que se volvió en piedra angular: el mismo némesis de la moda de hoy volviéndose en su trofeo pulidito.

[Por supuesto, hay los entre nosotros que, en su incapacidad de penetrar adentro la tesorería de la Tradición, han acabado conseguir sólo una leve ciencia de que reposa tras la cofre y más de que laquea la cofre, y desde entonces se han convertido en ávidos a los externos, hasta el punto de forjar para sí cada explicación absurda imaginable para que convalidar su acto de vestirse en el indumentario reservado a los ordenados. Es una aflicción patológica en su lado, que desafortunadamente reverbera a través de la entera clasificación de edad. Uno debe solamente parafrasear las palabras sagaces del Venerable Fulton John Sheen: Juzgadnos no por las acciones de los que se conducen así en desafío a los cánones y costumbres existentes. La humildad se halla entre las numerosas virtudes que nuestra adhesión a la misa antigua nos ha devuelto, un remedio para la soberbia que oscila poderosamente en nuestras mentes desenjaezadas: la humildad en reconocer que la misa no pertenece a nadie ni a este mundo ni a ningún criado; la humildad en someternos a la disciplina antigua del culto que dio forma a la sociedad de hogaño.]


La tradición no es un modo de manifestar el deseo de ser diferente. Es la armadura segura que nosotros la juventud nos llevamos en la pugna para la perfección, lidiada por innumerables santos que fueron ante nos.

Pensamientos últimos
Nosotros, las mentes tiernas que somos, a veces nos encontramos acusando la generación ante nosotros de no poderse capaz de entendernos (sólo para languidecer como ella con respecto a la que nos sigue). No se esfuerzan en oírnos, en entender nuestras necesidades, susurramos entre nosotros. Acaso podemos este tiempo de nuevo invocar la que mucha gente considera inmadurez. ¿Acaso no nos entienden después de todo? ¿Acaso sólo sobre nosotros se han equivocado? ¿Acaso no somos ese tumor benigno lo que esperan entrar en metástasis antes comenzasen la quimioterapia? Si nos dejamos ser arrebatado en nuestra lamentación, podemos apropiarnos lo que San Juan dijo del Señor: “Y el mundo no lo conoció.” Y cuando el humor se ha desenvuelto, y nos hemos serenado y reasegurado a nosotros, decimos: “Orad. Solamente orad.”



Debemos saber que además de las pasiones residiendo en los lomos, estamos en gran peligro del vicio de soberbia. Entendimos que nuestros mayores no pudieran ser más dignos de acusarnos de soberbia y narcisismo. La juventud filipina se ha recientemente conducido adicta a este principio, siendo criada en el régimen gastronómico de tres raciones de morisqueta y la doctrina rizalina que la juventud es la esperanza de la nación. A la Iglesia, cada nueva generación es una zancada a la eternidad, la juventud una fuerza emergente, una nueva Pentecostés aún. No somos destinados a la grandeza pues el mundo la ha cambiado su significación esclavizándose a los principios malvados repugnantes a Dios y a su Iglesia. Mas sostenemos una misión que sobrepasa el tiempo y el espacio: la transmisión de la Tradición que ha alcanzado para la Iglesia triunfante mayor gloria en el cielo, para la Iglesia militante guerreros asiduos en la tierra, y para la Iglesia paciente respiro espiritual en el purgatorio.



Sin soberbia ni orgullo, la juventud es la esperanza de la Iglesia, especialmente de su patrimonio inmenso. Déjalos lapidarnos con estiércol, reírse en la inutilidad del idealismo en la clandestinidad de sus aposentos aún, con tal de que nosotros nos mismos seguimos con esperanza, atentos, en la mente de aquel himno hermoso navideño Flos de RadiceJesse, a que la misa antigua atrae a los fieles,los sanos e insanos, los confesados e inconfesados, los jóvenes y viejos, los adinerados y necesitados, con su solemnidad, en que Cristo, quien él mismo se inmola en el sacrificio, imbuye los fieles con su amor divino.



Ut in omnibus laudetur Dominus.

Fotos © Maurice Joseph M. Almadrones, Gerald Emmanuel S. Ceñis, y demás.


[El autor, hoy 24 años de edad, por primera vez asistió en la misa tradicional el 19 de octubre de 2008, domingo vigesimocuarto después de Pentecostés, en la Parroquia del Nuestro Señor de la Divina Misericordia, y la ha asistido en ella desde entonces, uniéndose al coro al fundarse.]

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