Thursday, 13 June 2013

Epopeya de un digno triunfo

Recordamos ahora, mis muy distinguidos compatriotas católicos, que una locura eclesiástica coetánea de la Revolución, y que sus muy enloquecidos secuaces proclaman como el último visible recuerdo de la Revolución, y por eso un verdadero orgullo filipino, hasta nuestros tiempos penosísimamente se queda, a pesar de que sus principios objetivos de tener una iglesia filipina con presbíteros oriundos se hubo logrado años después su inicial desarrollo y ahora se encuentro en toda la circunscripción eclesiástica de las fidelísimas Islas Filipinas.

Aquella iglesia, y la deletreamos con minúscula por ser iglesilla en actualidad, se llama independiente por ser independiente de la Santa Sede Apostólica. Lo encontraban muy fácil y muy oportuno los autores de este cisma para despojarse de todo vestigio del esclavizador régimen español tanto en lo que perteneció al Estado como en lo que a la Iglesia atañó.

Incomprensiblemente ahora se enseña en nuestras instituciones de educación que fundó a la iglesia el destacado jesuita, y después también un masón, el ex-P. Gregorio Aglipay y Labayan. ¡Una equivocación tan imperdonable! Desde los mismos labios de él sabemos que estaba durmiendo mientras los auténticos creadores, encabezados ciertamente por un compatriota ilocano D. Isabelo de los Reyes, loado como el Padre del Socialismo Filipino, conocido popularmente, según las queridísimas costumbres de estas Islas, las mismas que en el primer párrafo del Noli me tángere nos exponía el Dr. José Rizal, bajo el hipocorístico de D. Belong, de esta amenaza espiritual la proclamaron su independencia eclesial en otro lugar.

Otorgó además el D. Belong a ceder la posición de Obispo Máximo al incansable sacerdote que trabajaban por conservar la unidad de la Iglesia ante los peligros de aquellos tiempos revolucionarios, pero el P. Aglipay lo rechazó, él que después envió al clero filipino que todavía no había cisma. Mas a causa de muy tristes acontecimientos, se fue convencido en que no había más esperanza en la Iglesia para sus deseadísimos anhelos de que ocupasen a las iglesias lógicamente los presbíteros filipinos y no los frailes.

Oímos de una visita hecha por dos jesuitas a él con fin de conseguir su fija lealtad a la Santa Madre Iglesia por juras, de una proposición como condición en los términos de una ampliación del número de las parroquias bajo la supervisión del clero filipino, de ultrajes emitidas de la boca de uno de los visitadores dirigidos a la capacidad y moralidad del clero filipinos, de culatazos metidos desde el puño del bataquense hacia la cara del ultrajador, y de quemadura idiomática de naves. Profusas lágrimas por estos desgraciados sucesos salían de nuestros ojos desde aquellas lejanas épocas, hasta hoy y ahora salen, y seguirán salir hacia en el porvenir, sucesos que ocasionó la pérdida irrecuperable de millardos de almas de los creyentes que engañadas por un falsificado sentido de libertad eclesiástica profesaban la nueva religión que tiene todo salvo la unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad.

Recordamos, por lo tanto, mis queridos compatriotas, que desde también los acontecimientos preparativos e inmediatamente precediendo a la proclamación de la República en Malolos, nació no sólo aquella Independencia estatal ansiada sino también el quebranto de la Iglesia verdadera católica e indudabilísima filipina.

El bataquense jesuita ahora independentista y filipinista en su culto que fue entronizado cabeza de la iglesieta oriunda, hoy su mismo jefe, se hizo miembro de aquel gremio anticatólico que se ostenta bajo el nombre de francmasonería. Justo después se convirtió en unitario, doctrina que la iglesieta no ratificaba y aceptaba. Un año antes su muerte, se casó. Fractura externa e interna, fragmentación física y espiritual.

Recordamos también a los mártires de este cisma que sufrieron la muerte defendiendo las derechas de la Santa Sede, de la Santa Madre Iglesia, de la purísima fe de estas Islas, que no sucumbieron ante las fuerzas fortalecidas por una cólera anticatólica. Tenemos dulce en nuestras memorias a un tal P. Edralín que negó a los revolucionarios a ocupar la iglesia de Sarrat, de cual razón fue después linchado. También a aquella vieja que vio el asesino, que después de haberlo visto desapareció. A otros numerosísimos fieles que comendaron sus almas a su Padre celestial, perseguidos y apesadumbrados bajo los azotes del hereje contumaz y del apóstata incorregible, en vez de empuñar aquellos mismos instrumentos de persecución. Vertieron su sangre para la corona incorruptible, para los lauros eternales que gloriosísimamente van a ceñir sus enaltecidas frentes.

Y recordamos sobre todo al primer obispo filipino, un baaoeño, hijo verdadero de la Nuestra Señora de la Peña de Francia, a Su Señorío Ilustrísimo D. Jorge Barlín, que propugnaba las derechas de la Iglesia sobre sus edificios, su herencia, sus bienes, ante no menos la Corte Suprema contra los aglipayanos, los filipinistas que pretendían ser legítimos propietarios de los bienes eclesiásticos. E imitemos su dureza y ortodoxia irrompible, después de haber aprendido su vida y virtud, con que, como un muy inteligente y prometedor clérigo de la Iglesia intacta, ofrecido de la jefatura de la iglesieta recién nacida e instituida desde mismo el apóstata Aglipay, le contestó con firmeza sólida que subraya lo más imprescindible de esta epopeya de un digno triunfo bien lidiado y logrado, y replicó con estas duraderas palabras:
Prefiero ser lampacero a ser la cabeza de su jerarquía cismática.

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